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EL CIEGO Y EL SORDO

escrito por Aura María 26 agosto, 2020

 

Una vez hubo dos hombres en una pequeña ciudad a quienes Dios les proporcionó una casa linda y una buena posición económica. Tenían también esposas, hijos e hijas, a quienes podían dar una buena educación. Pero les faltaba una sola cosa en este mundo. A uno le faltó la luz del día, porque era ciego y tenía manchas en sus ojos. Al otro, el sentido del oído, porque era totalmente sordo. Y los dos se quejaban por su mala suerte.

El ciego hablaba así: – “¡Oh, Dios poderoso! Tú habías creado a miles y miles de seres humanos en este mundo Tuyo y a todos diste ojos para poder ver cuando sale el sol, cómo son los campos y los viñedos y los árboles en flor. Pero yo, aunque tenga ojos, ¡no puedo ver nada!”.

Y el sordo decía: – “¡Dios Poderoso, se dice que Tú no habías creado nada en vano y que cada parte del cuerpo que les diste a los seres humanos y a los animales tiene su por qué y su para qué! Esos oídos que me has dado ¿para qué me sirven? Están puestos en mi cuerpo, sin embargo, ¡yo no escucho nada!”

Llegó un médico milagroso a esta ciudad. Toda la gente celebraba sus conocimientos pues, como dijeron, podía abrir los ojos de los ciegos, y también los oídos de los sordos. Los dos fueron a verlo, se inclinaron delante de él y le dijeron:

– “Sánenos, señor, y recibirá de cada uno de nosotros una bolsa de dinero como recompensa por su intervención.” El médico enseguida les preparó los ungüentos correspondientes.

El ciego untó la pomada sobre sus ojos, los frotó con agua limpia y sus ojos se abrieron, y él pudo ver todo. Vio la maravilla del día y el arco celestial lejano e infinito. Vio a los hombres, cómo andan y corren hacia su trabajo. Vio animales y pájaros, todos disfrutando la luz del día resplandeciente.

También su amigo frotó sus oídos con el agua curativa y, de repente, pudo escuchar todo. Se encontró con sus amigos, hablaron con él y pudo escuchar su voz. Pudo percibir la diferencia entre las voces bajas y fuertes, entre una voz agradable y desagradable, el canto de los pájaros y las maravillas de la creación. Los dos estaban muy felices y contentos con este enorme cambio en sus vidas y se apuraron en llegar a su casa, para contar esta noticia brillante a sus mujeres.

Apenas hubo vuelto el ciego a la puerta de su casa, vio a una mujer fea como un monstruo que vino a su encuentro y le preguntó: – “¿Dónde estuviste, esposo mío?” Se estremeció al ver qué fea era ella y pensó: – “¿Tengo que compartir toda mi vida con esta mujer?” – Se quedó muy confundido y angustiado.

Cuando el sordo llegó a su casa, lo maldijo una mujer mala, con las maldiciones más groseras por haber llegado tarde, y ni quería saludarlo. Entonces dijo el hombre que acabó de sanarse: – “¿Tengo que compartir mi casa con esta mujer?” – y se quedó callado porque en su alma se sentía engañado. Cada día la mujer mala amargaba la vida de su hombre, que hace poco antes era sordo. Ella peleaba con él mucho más que antes y ahora él podía escuchar todos sus insultos e irrespetos. Mientras tanto, el ciego que había recuperado su vista, estaba sentado junto a su mujer que parecía un espantapájaros. Estuvieron juntos al lado de la mesa y él no se sentía capaz de levantar su vista para verla, por fastidio.

Los dos estaban desesperados y cansados de la vida y preguntaron: – “¿Por qué nos ha sanado Dios? Antes estuvimos mejor que ahora”.

Probablemente todos entenderán la moraleja de este cuento. Y aunque pueden ser exageradas y desagradable las comparaciones de las dos situaciones, la primera vez que lo leí y siempre que lo leo pienso exactamente lo mismo: ¿Cuántas veces como ciegos o sordos nos quejamos de aquellas circunstancias que vemos en nuestras vidas y que a nuestros ojos resultan ser injustas, innecesarias o malas? ¿o cuántas veces por el contrario las quejas vienen porque no vemos que sucede en nuestras vidas eso que tanto anhelamos que suceda? Siempre detrás de cada situación hay un objetivo superior que a nuestros ojos es desconocido, y es nuestra responsabilidad con nosotros mismos descubrir el propósito por el cual esa situación llegó a nuestra vida.

Todo lo que pasa debajo del sol, sucede por dos razones: porque Dios así lo determinó, o porque Dios así lo ha permitido. Sea cual sea la razón, Dios siempre está en control. Aprendamos con humildad lo que el Cielo quiere enseñarnos, aunque a nuestros ojos resulte incompresible y molesto, no sea que en nuestro afán de cambiar por la fuerza lo que ha sido determinado para nosotros, terminemos compartiendo la mesa con un espantapájaros maldiciente que nos llene de infelicidad.

¡Bendiciones!

“El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus obras” Salmo 145:17

 

 

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1 comentario

sandra mireya 26 agosto, 2020 at 12:11 pm

Como flores hermosas, con color, pero sin aroma, son las dulces palabras para el que no obra de acuerdo con ellas
Una forma de explicar que hay que ser coherente con lo que se dice y se hace sino se termina teniendo ojos pero siendo ciegos en el alma…..

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