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CADENAS DE LIBERTAD

escrito por Aura María 10 octubre, 2018

En casa tenemos un perrito, se llama Kélev. Para los que se están preguntando de dónde sacamos ese nombre, Kélev es una palabra hebrea que significa “perro”, es decir, que nuestro amado Kélev, se llama en realidad “perro”, pero él no sabe.

Kélev es un perrito muy lindo e inteligente, es muy alegre y siempre tiene ganas de jugar. Debo decir también que su mayor virtud no es precisamente la obediencia y que además tiene en su historial 13 pares de chanclas que ha dañado desde que llegó a esta casa, hace un poco más de un año, sin contar lapiceros, recibos que encuentra debajo de la puerta, cepillos de dientes que se roba de los baños, en fin, la lista es larga. A medida que ha ido creciendo ha madurado más, pero, sigue siendo un cachorro inquieto que corre y juega por todos lados.

Kélev tiene algunas rutinas en su día, y una de ellas son sus paseos muy temprano en la mañana y al caer la tarde. Por las mañanas, a eso de las 5:10 empieza a estar intranquilo, sube y baja las escaleras, corre de un lado a otro, y llora en la puerta de la habitación de mi mamá que es la persona que lo pasea por las mañanas. A las 5:20 aproximadamente sale a su primer paseo del día, aunque debo decir, que él siempre que por alguna razón encuentra la puerta de la calle  abierta, se escapa.

Por las tardes la historia no es diferente. A partir de las 5p.m empieza la intranquilidad y la lloradera, pero esta vez me busca a mí, a mi esposo o a mis hijas, que somos quienes lo paseamos por las tardes, y nos turnamos de acuerdo con el nivel de ocupación que cada uno tenga.

En medio de este ritual hay algo muy particular que llama mucho mi atención. Cuando alguno de los que lo va a pasear pronuncia las palabras: “Busca la cadena”, ese perrito pierde el control. Sale desesperado al gabinete donde se guardan sus cosas, incluyendo la cadena con la que lo paseamos, saca la cadena lleno de felicidad y se la lleva a los pies a la persona que se la pidió para que se la ponga y poder salir. La felicidad, el desespero, los saltos y ladridos, la intranquilidad es tanta que a veces hace difícil el trabajo de poder ponerle su cadena.

Uno de esos días al verlo tan feliz pensé: “Nunca he visto a nadie tan feliz porque lo van a encadenar”. Sin embargo, me puse a reflexionar en la vida y lo que sucede a diario con nosotros y los que nos rodean. Todos los días, cada vez más gente se pone cadenas pesadas que les impiden caminar hacia su propósito, y lo hacen creyendo que eso les traerá felicidad. Desórdenes sexuales, desórdenes alimenticios, esfuerzos incontrolables por conseguir dinero, alcohol, drogas, cirugías y culto al cuerpo, guardar las apariencias para aparentar un nivel de vida lejos de la realidad, mentiras y máscaras para quedar bien frente a mundo que poco le importa lo que sucede alrededor. Estas “oportunidades” ofrecen felicidad pasajera, momentánea, temporal, pero al final no son más que cadenas que nos atan a estereotipos e ideologías que llevarán nuestras vidas al fracaso.

Contrario a lo que el mundo ofrece, he descubierto que la única forma de llevar yugos que traigan descanso a nuestras almas, es aceptando vivir apegados al plan que Dios ha determinado para nuestras vidas. El mismo Mesías nos enseñó que su yugo es fácil y su carga es ligera. Cuando nos acercamos a Dios, hacer Su voluntad puede representar esfuerzos y sacrificios, pero con el tiempo el camino se hace fácil y ligero y obedecer se convierte en un deleite que nos llenará de paz, de gozo y de seguridad.

Kélev, a pesar de no ser el más obediente, hace mucho se ha dado cuenta que sus paseos son mejores atado a su cadena, porque sus cuidadores saben por el camino que lo deben llevar y cuál paseo será más seguro y  divertido para él. ¡Aprendamos de Kélev y entreguemos nuestras cadenas a nuestro Padre Celestial!

“Viviré con toda libertad, porque he buscado tus preceptos” Salmo 119:145

Aura María Vence

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